Maryalice Mena, dirigenta PAC: “Las mujeres pobladoras luchamos desde la cama, la casa y la relación con el hombre”

Maryalice Mena, dirigenta PAC: “Las mujeres pobladoras luchamos desde la cama, la casa y la relación con el hombre”

Por Catalina Arenas

Maryalice Mena tiene un nombre con un origen histórico, inspirado en dos mujeres que murieron durante las jornadas de protesta en defensa de los derechos laborales y la reivindicación de las ocho horas de trabajo en Estados Unidos, un 1º de Mayo pero de hace más de un siglo. Hoy, a 45 años del golpe de Estado, repasa las páginas de su bitácora de vida escrita con una vigorosa pluma definida por el golpe militar y su empoderamiento femenino. Su biografía se sitúa en la oficina salitrera María Elena, en la capital de Tocopilla de la región de Antofagasta. Ella la recuerda con añoranza, dice que ahí se respiraba “vida de barrio y sentido de vecindad”, lo que según sus palabras “se perdió con la dictadura”.

Ellas, las que se tomaron de las manos

“Muy complicado”. Así recuerda Maryalice Mena el 11 de septiembre de 1973. Ella prefiere no recordarlo extendidamente porque vivió momentos muy duros y fue detenida durante al menos seis meses en Chacabuco. “Es que ahí la pasada fue súper complicada, después nos trajeron a Santiago. Había solo mujeres y eran del norte, del sur y de Santiago”. Como no representaba la edad que tenía porque era delgada y baja en estatura, todas sus compañeras la protegieron.

Estaban ahí, juntas, tapadas, no tenían idea a quién tenían al lado, pero se conocían las voces y se tomaban de las manos, se consolaban. Una unión que hoy es llamada sororidad y que no comenzó precisamente cuando estaban detenidas en los centros de tortura.

Ellas, las que escondieron las piedras

“Nosotras las mujeres somos muy decididas porque cuando los militares llegaron a María Elena no sabían que las casas tenían doble salida, una por la cocina que da al patio”, comenta la dirigenta de Pedro Aguirre Cerda (PAC). Para Maryalice, los años en que el dictador Augusto Pinochet presidió Chile, significan dolor, destrucción y matanza. Las mujeres en el norte fueron reprimidas. Con dolor afirma que ese castigo fue constante y permanentemente, muy violento. “Fueron animales con odio los que llegaron en camiones desde Santiago al norte”.

Ya en los centros de detención, los abusos y torturas fueron deshumanizantes. “Estábamos a oscuras y en el día nos sacaban a una piscina que estaba seca y nos tenían ahí. De repente nos meaban y te escupían desde arriba (de la piscina)”, cierra los ojos y recuerda.

Anterior a la dictadura, las mujeres protagonizaron grandes huelgas que se levantaron en el norte por el paro de los trabajadores en la salitrera. Después del 11 de septiembre, hubo una pausa porque el riesgo era inminente: “Las mataban ahí mismo”, advierte Maryalice.

No obstante, las mujeres se comunicaban y brotaban las primeras ideas de resistencia. “Conversaban en la fila del pan en las pulperías y como todas nos conocíamos nos informábamos de lo que pasaba con los vecinos, sobre quienes fueron detenidos o asesinados”. Cuenta que las opciones de socializar eran cada vez más escasas, que si  las pillaban les pegaban fuertes culatazos a las rejas de las ventanas.

Con todo, no se conformaban con la conversación en las pulperías, ellas tenían un plan y hacían todos los esfuerzos para ponerse de acuerdo. “Cuando salíamos a comprar el pan y los militares no miraban, las mujeres recogíamos piedras y las echábamos en los delantales. Ya en la noche salíamos al patio y desde todas las casas tiraban piedras para avisar que en cada esquina había un ‘milico”. Ellos disparaban para todos lados porque no sabían desde dónde saltaban, no sabían que eran las mujeres las que lanzaban las piedras desde las cocinas”.

No duró por mucho tiempo la estrategia. Cuando los militares se percataron que los vecinos se relacionaban por las puertas traseras, rompieron los mosqueteros. Después nacieron otras ideas, las mujeres eran las mentes que armaban las tácticas; como cuando se les ocurrió usar los bombines para las bicicletas para enviar papeles o cuando comenzaron a subirse a los techos de las casas. “Ellas eran muy creativas y los hombres las seguían. Entre todos había una complicidad muy grande”, rememora Mayi, como le dicen de cariño sus cercanos.

Ellas, las que salieron a la calle

“El hecho de juntarse todas en la plaza y hacer ollas comunes. Las huelgas que duraron meses en el norte y eran protagonizadas por mujeres. Ellas eran las que salían a la calle”. Eran todas, no importaba cómo. “Cuando los maridos estaban en paro, todas las mujeres se llamaban ‘vecina, vamos’, hacían los fogones y cocinaban, entregaban pan y si no lo tenían, iban a pedir”, recuerda.

“Ellas eran las que enfrentaban a los capataces por todo aquello que le hacía falta al marido, las que iban a pedir un aumento de sueldo”. Defendían a sus esposos porque si los dueños los veían protestando, los desempleaban y como de ellos dependían las casas, tenían que irse de María Elena con toda su familia. “Por eso las mujeres se paraban frente a las oficinas y gritaban”.

En los años de dictadura, las mujeres estaban restringidas exclusivamente a la maternidad y al trabajo reproductivo. Abuelas, madres y tías, primas y hermanas, todas repetían el mismo comentario aprendido “¿Para qué vas a estudiar si te vas a casar y tendrás hijos y un hogar?”.

Ellas cruzaron esa raya. No solo cumplían con el estereotipo de dueña de casa y el papel de madres, también se desempeñaron en las salitreras como pañoleras o trabajaron en emprendimientos, y se organizaron, aprendieron a leer y a escribir, estudiaron. Maryalice Mena relata que “las mujeres no ejercían labores remuneradas, pero sí trabajaban el doble. “Mi mamá cuidaba a sus hijos y la casa, y además atendía su negocio”.

La solidaridad y la empatía son los valores con los que creció Maryalice, admirando a estas referentes aún cuando sus anhelos fueran coartados por el miedo que les producía no llegar a sus casas a tiempo para servir la once y cuidar a sus hijos. El temor a las críticas familiares se hacía patente.

“En esa época teníamos ideales. Imagínate que con Allende teníamos más facilidades para estudiar”, explica la actual secretaria municipal en Pedro Aguirre Cerda. Una utopía que sale a las calles, jóvenes y mayores, con o sin hijos, embarazadas o no, todas se manifestaban porque “en ese tiempo todo era un idealismo, la lucha era de corazón, buscábamos el cambio, tener derechos, sueldos dignos y muchas oportunidades de educación que no teníamos”.

En las noches, cuenta Maryalice, las que eran madres aprovechaban de ir a estudiar alfabetización al único colegio que había en la oficina María Elena, la Escuela Consolidada. Después asistieron a los cursos gratuitos en un instituto técnico profesional. “Yo me acuerdo que en ese tiempo todas las mamás iban a aprender, porque con la educación eran más conscientes… Cuando mi mamá aprendió a leer, tomaba cualquier cosa para andar leyendo”.

Ellas, las que fueron de oposición

La mayoría de las mujeres venían de una militancia activa o de una cercanía personal con la izquierda chilena y, por tanto, con el proyecto político y social que había sido desterrado por la dictadura cívica militar de Pinochet. Maryalice Mena no militó, pero fue una simpatizante aguerrida, participó casi siempre de las reuniones del Partido Socialista desde los 16 años. Su papá era comunista y le recomendó que no firmara la militancia hasta que estuviera completamente segura.

En el norte todos eran militantes o simpatizantes de izquierda, otras atrapadas por la situación laboral “igual estaban ahí” por las injusticias sociales que vivían en carne propia, especialmente aquellas divisiones económicas que existían entre los jefes extranjeros y los obreros. Esa condición “te revuelve tus ideas y te preguntas ¿por qué si somos todos iguales?”, cuestiona.

“A todos mis amigos nos atraía mucho más el socialismo en ese momento porque teníamos un referente, alguien en quien creer. Salvador Allende nos prometía y era alguien a quien nosotros idealizábamos, porque veíamos que era capaz de hacer realidad nuestros sueños”. Mayi también comenta que en el PS del norte “no había diferencia entre las mujeres militantes porque eran todas luchadoras y más que los compañeros”. Las mujeres contaban con espacios en el frente socialista contra el clasismo “por el temor de las represalias que podrían tener con ellos”.

Un día cualquiera llegaron los militares a la casa de los Mena Campos a las cuatro de la madrugada. Entraron, les sacaron de sus habitaciones y desarmaron la casa por completo. Cayeron todos cuando llegaron los militares. Solo recuerda que antes, quemaron todo aquello que los vinculara con el PS. Pese al fuego, sus convicciones se mantuvieron intactas, salir a luchar contra las acciones represivas y el autoritarismo.

La dirigenta conoció y compartió -antes del exilio- con mujeres que transitaron desde su rol exclusivamente reproductivo a la acción política y social por el resguardo y la validez que debían tener los derechos humanos. “Costó, pero casi todas las mujeres eran muy lideresas en ese momento”. Se trataba de mujeres que cumplían funciones centrales como eleninas, “eran las mismas profesoras que también eran trabajadoras sociales, las hacían todas”.

– ¿Hay algo más que usted recuerde de esas mujeres?

– “Sí, mucha admiración a todas porque ellas criaron y se sacrificaron (…) Yo siempre digo que una nunca tiene que olvidar sus raíces y de dónde viene para ser mejor persona y ayudar al otro, para estar ahí y entender que sufre”.

Ellas, las que militan

Volvió de Bélgica tras 22 años de exilio. En 1999 Maryalice Mena pisaba suelo nacional, reconociendo un país en transición. El contexto la obligó a salir, pero con la firme promesa de volver y trabajar nuevamente con la gente que le rodea, contar su experiencia de vida.

Actualmente, Mayi milita formalmente en el Partido Por la Democracia (PPD) como parte de esa trinchera que quería ver caer a Augusto Pinochet. Sin embargo, tiene una opinión crítica respecto a la dirección del partido y sus lineamientos. “Todos son cada vez más individualistas, quieren poder u obtener algo, y antes no era así porque se trabaja por la comunidad”.

– ¿Sintió que menospreciaban las opiniones o actividades que realizan las mujeres?

– “Sí, no hay consciencia ni respeto. Aquí cada cual -como dicen ellos- mata su toro. Hoy en día el hombre quiere poder sin importar si hay una mujer que también es una buena militante, siempre quieren dejarla de lado”.

Ellas busca un feminismo auténtico chileno

Maryalice experimentó un feminismo que se veía en las plazas y lo vivió también en los centros de detención. A ella, el feminismo de hoy -con influencias americanas y europeas- no la representa porque dice que no cuenta su historia, una que se conecta con miles de mujeres en Chile que han corrido el mismo infortunio.

Argumenta que “nosotras nacemos luchando, tenemos cinco años y sabemos que hay que luchar todos los días” y agrega que las mujeres pobladoras “luchamos desde la cama, la casa, de (la relación con el) hombre”.

“Hoy en día las mujeres necesitan salir de sus casas y poder hacer otra cosa, aunque sea hacer gimnasia, porque antes ni siquiera se preocupaban por ellas mismas. En cambio, ahora han cambiado el modo de vestirse. Antes las mujeres de 40 se sentían viejas, y las demás le preguntaban ‘y por qué te vas a poner eso’. Hoy día ya no les hacen caso”.

Maryalice Mena hace su diagnóstico a nueve años de su regreso a Chile y a 45 de la dictadura. “Cuando llegué de nuevo a este país seguía viendo las mismas motivaciones que antes de irme, he visto que en la población están más empoderadas porque saben. Las mujeres ya no tienen ese miedo que tenían, se juntan entre ellas y conversan”.

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